Transformaciones y renovaciones
del alma: Las sirenas
por Hilia Moreira
hiliamoreira5@yahoo.com
Alma y ciencia
La idea según la cual
existe una entidad llamada alma está
en la religiosidad popular de todas las culturas. También se encuentra, de modo
velado, en los ambientes académicos donde, por lo menos desde el gran empuje
positivista del siglo XIX, suele primar una actitud agnóstica. Así, se halla, a
hurtadillas, en espacios aparentemente
ascépticos como el del psicoanálisis. En El futuro de una ilusión, Freud afirma que, en el porvenir, la fe
(según él infantil), en un Padre celeste, deberá sucumbir. También llegará la
decadencia de las instituciones religiosas, con su fuerte influencia sobre la
intimidad humana, las costumbres y la vida social. Asimismo, sostiene el
médico, tales instituciones también son
diestras en transformar su influjo ético en dinero, obligando a sus fieles a
contribuir con fuertes sumas para salvar el alma, recibir sacramentos y otras
formas de presión religiosa. A propósito de esta obra de Freud, el novelista
Romain Rolland escribe una carta al médico diciéndole estar casi completamente
de acuerdo con las reflexiones recogidas en su libro. Se pregunta, sin embargo,
acerca de cuál debe ser la actitud del hombre frente al sentimiento del
Misterio (sentimiento Oceánico, lo llama,
poéticamente, Rolland). Freud responde que no conoce tal experiencia.
Sin embargo, el nombre
del alma (psique) está comprendido en
la denominación que da a su propuesta científica: psicoanálisis o análisis del alma.
El alma femenina como
sirena
Tanto
en la tradición culta como en la popular, las tres manifestaciones principales de la sirena son pájaro, pez y serpiente. Las sirenas de la mitología
griega se suponen hijas de la ninfa Calíope, cuyo nombre quiere decir voz bonita. Calíope inspira la poesía épica. De su unión con el
río Aqueloo nacen varias hijas a quienes Ceres, diosa de la Tierra, transforma en
mujeres aladas. Las hijas de Calíope habitan en lugares escarpados. El mito les
atribuye un canto dulcísimo con el cual atraen a los navegantes para
devorarlos.
Según
algunos, las sirenas representan el aspecto animal de la mujer o la imaginación
que se desvía por intrincados senderos hacia los estratos primitivos de la
vida. A veces significan los aspectos más dolorosos del deseo, que llevan a la
autodestrucción (las sirenas, al tener una cola de pez o alas de ave, no pueden
satisfacer el ansia que su bello rostro, su canto y su lácteo pecho suscitan).
En una concepción tradicional, parecen simbolizar las tentaciones que surgen a
lo largo de la vida, vista como viaje o navegación. Estarían allí para detener
la evolución de la persona, con una muerte prematura o con un encantamiento que
la mantiene en una isla mágica. Conforme con otras perspectivas, representan
renovaciones del alma.
La Odisea y Einstein
Al referirse al
simbolismo de las sirenas en la
Odisea, algunos
teóricos no lo restringen al Canto XII. Allí aparecen descriptas como mujeres
aladas que encantan a cuantos hombres van
a su encuentro, obligándoles a abandonar esposa e hijos y a morir a su
lado. La ninfa Calipso y la maga Circe tienen cuerpo femenino completo. Pero,
por su capacidad de seducción, la variedad y abundancia de sus dones y el
hábitat aislado en el que se encuentran, ofrecen muchos signos propios de las
sirenas. Aunque ambas procuren guardar a Odiseo para sí, también colaboran con
su viaje. En el Canto V, obediente a la voluntad de Zeus y de su intermediario
Hermes, Calipso no sólo autoriza sino que ayuda a la partida del viajero. Le quería la ninfa sin que él la quisiese,
dice el poeta. Sin embargo, era más bella que la esposa y le ofrecía
inmortalidad. Otra escucha percibiría tal vez un alma solitaria, que no
encuentra o no sabe satisfacerse con sus iguales, buscando la compañía de un
ser distinto (él es hombre, ella diosa), a cambio de sus dones generosos.
En el Canto X, también Circe intenta retener
a Odiseo, como ha detenido a otros de sus compañeros, transformándolos en
cerdos. Aquí quedaría clara la idea de sirena como alma
primitiva o animal, que impide a los
varones seguir su camino.
La arqueología moderna, en cambio, leería
acaso otro significado en esta mutación. En cultos preliterarios que se
desarrollan en Europa hasta bien avanzada la cristianización, el cerdo es signo
de la Gran Madre.
Figuras de cerdas aparecen en los altares prehistóricos que la honran. Cerdos
eran los animales que se ofrecían a Deméter y a su hija Proserpina durante los
rituales de Eleusis. Es posible, entonces, que Circe, deidad poderosa de signo
femenino, constituya un vestigio del culto a Dios bajo forma de hembra. Así, la
metamorfosis de los varones en cerdos
significaría su conversión al culto de la Madre. En
todo caso, es innegable que la maga es espiritualmente propicia al
Navegante. Lo ayuda en su viaje al reino de los muertos y
más tarde, en el Canto XII, facilita la continuación de su travesía.
En el ámbito de la cultura griega, las
sirenas no se manifiestan siempre asociadas con un destino fatídico. En el
libro X de La República, Platón
expone el Mito de Er según el cual, en cada uno de los ocho círculos
concéntricos en los que giran las
esferas, hay una sirena que emite una nota de tono continuo. Así, los grandes
cuerpos celestes producen un sonido a medida que giran en el espacio. Dado que
el sonido está presente desde que nacemos y no hay un silencio que lo
contraste, no lo percibimos.
La representación del
alma femenina como sirena es de las más persistentes. En nuestro siglo, se
conoce una ocurrencia de Einstein quien,
interrogado acerca de por qué perdía los exámenes de matemáticas cuando estaba
en Secundaria, contestó: Me distraía
escuchando la música de las esferas (esto es, de las sirenas, o del alma
femenina en su plenitud).
Reencarnación
Antes del siglo X, en
varias capillas francesas, aparecen representaciones de sirenas pájaro o
sirenas de doble cola. La sirena de
doble cola puede ser un mero juego: se trataría de una postura de las piernas
femeninas. Considerando que el mar significa un abismo inferior, la doble cola
sería un conflicto interno. O simbolizaría el sexo femenino, pozo insondable de
fascinación y vida. A pesar de surgir generalmente en paisajes acuáticos, suele
pensarse que la sirena es la mujer como
espíritu de la tierra (porque da vida a niños, como la tierra a árboles, briznas y cosechas).
La sirena podría
significar a la madre, quien seduce a las almas que están en la dimensión
desencarnada y que, al percibirla, quieren renovar su vida corporal.
En su trabajo sobre las
leyendas judías, el antropólogo y escritor Robert Graves, recuerda una
tradición hebrea medieval. En ella, se habla de los ángeles que bajan a la
tierra a causa de la cabellera de las mujeres. Es probablemente a esa tradición
a la que alude Pablo en su Primera
Epístola a los Corinteos (1 Co 11:5-6).
Allí sostiene que ...la mujer que
ora o profetiza con la cabeza
descubierta, le falta el respeto a su cabeza. Si una mujer no quiere llevar
velo, que se corte el pelo. ¿Por qué debe cubrirse o raparse? Pablo
responde a esta pregunta en el versíulo 10: en
atención a los ángeles. Según Tertuliano, la costumbre de cubrirse los
cabellos durante los rituales católicos obedece a la necesidad de disuadir a
esos ángeles. Probablemente es por ese motivo que, por lo menos en el
catolicismo tradicional, hasta el Concilio Vaticano II, la mujer debió entrar a
la iglesia con los cabellos severamente resguardados bajo una mantilla. De lo contrario, la magia del alma femenina
como sirena se une a la que ejerce su voz al entonar los himnos religiosos. Tal
suma de fascinaciones envuelve el espíritu que la escucha. Entonces, éste puede
caer en el océano de las aguas inferiores, las formas nacientes, la vida
pululante de las multitudes. En consecuencia, la seductora no es sino la madre
potencial que, con su voz y belleza, atrae al alma del hijo hasta que ésta
anida provisoriamente en su matriz. La madre debe su imperio a las formas
cambiantes que se renuevan con la luna, cuyo creciente brilla sobre la frente
de las deidades. Más allá del simbolismo religioso, el hombre de campo sabe
bien que el influjo lunar preside siembras y alumbramientos.
Melusina, sirena con
cola de serpiente
La sirena no sólo
representa al alma que se renueva ofreciendo un cuerpo a otra. También puede
significar al alma que se transforma con las mutaciones de su propio cuerpo. En
el siglo XIV, en su Crónica de Melusina,
Jean d'Arras recoge un conjunto de antiguas leyendas, repetidas de generación
en generación. Se trata de historias secretas. El hecho de transmitirlas
entraña un grado de prohibición. Su protagonista masculino es un cierto rey
Elinas, de Albania. (En este contexto debe leerse Escocia.) Habiendo perdido a su esposa, en su dolor,
se interna en un profundo bosque. Ese espacio sombrío significa, acaso, un
sentimiento de desconcierto y desamparo que acompaña el inicio de nuevos tramos
en la trayectoria del alma.
Acosado por la sed,
Elinas se aproxima a una fuente donde oye una hermosa voz femenina. La misma
pertenece al hada Presina, de la que el rey se enamora incautamente. Se casan,
pero el hada pone una condición: que él se mantenga alejado de ella durante sus
alumbramientos. ¿Se trata de un tabú de la sangre femenina como los que impone
Moisés en Levítico12? En todo caso, el rey,
desbordante de alegría ante el nacimiento de sus tres hijas, transgrede la
prohibición. El hada escapa con las niñas y se refugia en una isla escarpada
(signo espacial propio de las sirenas). Desde allí, muestra a las hijas el
reino de su padre, llenándoles el corazón de amargura. (¿Sería una
simbolización del período de crianza, en que la madre suele sentirse aislada
con sus pequeños mientras el marido disfruta de una vida social y laboral
aparentemente rica?) Entonces Melusina, una de las tres pequeñas hadas,
emprende un viaje para castigar a su padre. El episodio del padre puede
representar la reactivación del vínculo edípico durante la adolescenecia, con
sus reveses de dureza y dulzura. La ambivalencia de tal lazo suele provocar,
hasta hoy, una reafirmación del principio de solidaridad entre los esposos.
Así, a su victorioso regreso, Melusina no encuentra gratitud materna sino ira
resignificada (el odio es signo de amor con vestiduras de veneno). La madre
maldice a la hija, dotándola con una cola de serpiente, que aparece y
desaparece periódicamente. De nuevo, el simbolismo se ha leído en términos del
ciclo menstrual femenino. Al cabo de un tiempo, toda madre traspasa a su hija
ese signo de feminidad fecunda. En inglés, el menstruo aún se designa con la
palabra curse (maldición). Con su
nuevo cuerpo de sirena, Melusina recorre Francia hasta que, en la Fuente de la Sed (o en la de las Hadas), se
encuentra con Raimundo de Poitou, rey de Francia, quien la desposa enamorado.
Porque la sangre de Melusina no era buena
(porque tenía cola de serpiente), sus hijos nacieron deformes. El rey la
acusó de su naturaleza de sirena (volvió un insulto su mismísima identidad) y
ella lo abandonó. Pero dejó su huella y se apareció a todos los reyes de
Francia en el umbral de su pasaje hacia el mundo desencarnado de las almas.
La historia de Melusina
parece signada por una cultura de
predomino viril, que habría desplazado a la cultura original, de predominancia
femenina. El signo matriarcal señala a Melusina como un hada, mientras el
marido es un simple mortal. Pero, en un deseo de resignificar negativamente lo
femenino, su sexo se transforma en fuente de monstruosidades. Existe una
tradición popular de gran vigencia en la Edad Media (y cuyo origen se encontraría en un
apócrifo 4 Libro de Esdras, del Antiguo Testamento). Según tal leyenda,
el contacto con una mujer menstruante genera seres deformes. En todo caso,
también es interesante que la leyenda adjudique toda la culpa a la sangre
femenina. No se alude siquiera a la simiente del varón. Se trata, así, de una
culpa ambivalente que entraña un desmedido privilegio: la gracia de dar vida
correspondería exclusivamente a la mujer. Hada serpiente, auténtica sirena,
Melusina es obligada por la doxa de
la época a dar el mal. De hecho, su cola de víbora es también signo de una
Diosa Madre primordial, resimbolizada en el libro del Génesis como responsable de todas las calamidades del mundo. Tal
vez lo que haya que ver en estos mitos sea el triunfo de Tierra y corporalidad, renegados por una visión
patriarcal que disfruta del cuerpo pero lo condena.
Sirenas con cola de pez
La sirena con cola de
pez es de origen nórdico (se encuentra tanto en el folclore propio de las
regiones celtas, germanas y escandinavas
como en los frontispicios de algunas iglesias de Francia). Habita islas
rocosas y arrecifes, y se comporta tal cual sus hermanas aladas de
Grecia. A través de la sabiduría popular de muchas comunidades marineras se
conservan creencias relativas a ella hasta la actualidad.
En la tradición celta,
la sirena tiene cola de pez y torso de bella mujer. Lleva espejo y peine. Por
eso, a menudo se la ve peinando su
cabellera y cantando con irresistible dulzura en una roca a orillas del
mar. Encanta a los hombres y su
presencia anuncia tempestades.
De acuerdo con ese
conjunto de creencias, la sirena no sólo es ominosa sino que puede provocar
desastres, devorando al varón que permanece en su camino. En algunas leyendas,
citadas por la foklorista Katherine Briggs, las sirenas son gigantescas, como
aquellas registradas en Los anales de los
cuatro maestros. No sólo sus colas de pez son largas. También tienen
larguísimos cabellos.
Existe una historia celta relativa a Lutey de
Cury, quien vivía cerca de la
Punta del Lagarto, trabajando como pescador y también como aquél que recupera barcos después de
naufragios. Según una poética
versión, Lutey se hallaba peinando las
playas en busca de tesoros, cuando encontró una hermosa sirena, barada a
causa de la baja marea. Ella lo persuadió de que la llevara hasta la playa.
Mientras iban, le ofreció cumplirle tres deseos, y él eligió pedirle los dones
de romper brujerías, hacer que los espíritus familiares operasen en el bien de
los demás y que tales poderes descendiesen sobre su familia. La sirena se los
concedió. Porque Lutey había pedido sin egoísmo, le dio su peine, para que
pudiese llamarla cuando quisiera. El gesto de entregar el peine equivale al de
dar la cabellera. Ésta, tanto según el curanderismo como de acuerdo con la
medicina computarizada, contiene un mapa del cuerpo entero. Así, la bella
sirena le hace un íntimo don de sí al peinador
de playas. Pero, a medida que se acercaban a la costa, se dejó sentir otro
costado de su naturaleza. Apretándolo por el cuello, lo urgió a seguirla hasta
las profundidades. (¿Debemos entender que se trata de una urgencia carnal o emocional
descontrolada, capaz de cualquier violencia para satisfacerse? ¿O acaso es un
don de la inspiración creadora, que arrastra hacia las profundidaes antes de
encontrar su plenitud?) En todo caso, según la leyenda, era tan grande el poder
de la sirena que Lutey la habría seguido, si no hubiera sido por su perro
(signo de fidelidad), que le ladró desde la costa. Vio entonces su cabaña,
donde vivían esposa e hijos. Al recordarlos, le pidió a la sirena que lo dejase
ir. Aún así, ella lo empujaba. Pero él le mostró su cuchillo. Repelida por el
acero, la sirena se sumergió en el mar, llamándolo de este modo: Adios, mi dulzura. Durante nueve largos años
permaneceré alejada. Luego, volveré a
buscarte, mi amor. Como se ve, la situación es similar a la que se produce
entre Odiseo y Circe. En el caso del mito griego, el viajero le muestra su
espada y la maga se retrotrae.
Mucho
se ha dicho sobre cuchillo o espada como metáforas del sexo masculino. Sin
embargo, ni la maga ni la sirena temen al varón. Más bien parecería que, tanto
en el caso del poema griego como en el del celta, esa espada o cuchillo
simbolizan una violenta protección de orden sexual relacionada con otras
defensas, más misteriosas ( la negación de asumir el riesgo y aventurarse en
las profundidades de la interioridad o del propio destino).
En el caso del peinador de mares, la sirena mantiene su
palabra. Durante nueve años, los Luteys de Cury son famosos sanadores y
prosperan en su arte. Pero, al cabo de ellos, cuando se ha hecho a la mar con
uno de sus hijos, una hermosa mujer emerge de las aguas y lo llama. Llegó mi hora, dice Lutey y se sumerge
con ella, para no regresar nunca más. Se dice que, desde entonces, cada nueve
años, uno de sus descendientes se pierde en el mar (llamado, probablemente, con
imágenes interiores de destino). La historia acaso simboliza al hombre,
responsable de su hogar e hijos, aun cuando la magia del enamoramiento por su
esposa haya cedido. Permanece el tiempo
de criarlos. Pero cuando ya tienen edad para valerse (el hijo de Lutey podía
pescar como él), se deja llevar por una nueva pasión.
La sirenita de Andersen
Muy diferente es la
historia de La sirenita que nos
propone Hans Christian Andersen. En su rico y delicado mundo acuático viven
seis princesas sirenas, que son autorizadas a subir a la superficie del mar
cuando llega su edad núbil. Esa superficie se transforma así en signo de un
pasaje de alma y cuerpo hacia una zona de mayor madurez. Mientras espera tal
momento, la abuela las entretiene con maravillosas historias de hombres,
quienes viven lejos de ellas, en la tierra. ¿Habría aquí signos de dos
culturas, la femenina y la masculina, rigurosamente separadas en el marco de
muchas tradiciones? ¿O es preciso buscar también un símbolo mas profundo? Según
C.G. Jung, todo hombre posee una identidad femenina o ánima y toda mujer una identidad masculina o ánimus. (Más adelante nos referiremos al origen hebreo de tales
conceptos.) A la hora de elegir el ser amado, cada cual busca en su pareja a
alguien que le proporcione un creíble reflejo de la imagen del otro sexo que
lleva en su interior. La sirenita de Andersen tiene un jardín (que,
tradicionalmente, representa la doncellez de una joven). En él pasean peces los
cuales, en ese mundo, se llaman pájaros. Parecería que se trata de
correspondencias entre la dimensión aérea (que en Grecia da sirenas aves) y la
región acuática, responsable de las sirenas con cola de pez. O, a nivel más
profundo, los peces aves indicarían la aspiración del alma sumida en las
honduras, a elevarse hacia regiones celestes.
En su jardín, la
sirenita pasa largas horas contemplando una escultura que representa a un joven
(su animus, tal vez). Cuando sube por primera vez a la superficie ve, en un
barco, al joven que ha sido modelo de esa estatua. Rápidamente se desencadena
una tempestad. Pero esta sirena (a la inversa de sus hermanas dentro del propio
cuento y afuera, en la gran tradición sirenaica) no trata de llevarse al joven
a las profundidades. (Como vimos, el intento de las sirenas es dar al hombre
otra dimensión espiritual, a veces más cercana de la materia, a veces
imperecedera.) Lo lleva a la costa (lo acepta como lo encuentra en ese
momento). Es ella quien cambia cuerpo y alma, sustituyendo su cola por piernas
de mujer. En este aspecto semejante a Circe, la pequeña sirenita de Andersen
tampoco logra retener al príncipe junto a sí. Entonces, la pequeña sirena
adquiere un alma nueva, enteramente aérea y muy cercana a Dios.
Esta parece ser la única
historia de sirenas que nos cuenta el destino del alma más allá de esta tierra.
En cambio, permanece en el misterio la renovación que viven Lutey y su sirena,
en las profundidades del mar.
Iemanjá
Según la escritora ítalo
uruguaya Meri Lao, en América la sirena por antonomasia es Iemanjá, quien llega a Brasil con grupos africanos de habla yorubá como los gêges, los magós y los minas.
Iemanjá es dueña de las
aguas, señora del mar. Protagoniza una suma de mitos y ritos donde bañan un
número diverso y creciente de culturas. Recoge elementos pertenecientes a la Madre de Agua, de origen
amerindio y a la epifanía católica de Nuestra Señora del Rosario, de la Concepción o de la Candelaria. Esta figura marina también se une con el mito de las sirenas, de
génesis europea. A veces se la representa con grandes pechos, de los que fluyen
los ríos del mundo. En algunos casos, su cuerpo de mujer termina en cola de pez, como una sirena de
cuya naturaleza participa.
Como muchas sirenas,
Iemanjá es ambigua, pues puede mostrarse iracunda y celosa así como brindar
estímulo y amparo. A raíz de su capacidad de
consolar y ayudar, sus fieles suelen darle el nombre de madre. Socorre a los afligidos, resuelve
incertidumbres y problemas de la vida,
brinda consuelo a los que sufren. Su
nombre viene del yorubá yeye, que significa: madre y ejá: pez..
Los ritos afrobrasileños de posesión se
irradian desde Brasil a otros países
latinoamericanos. De este modo, las
celebraciones en torno a Iemanjá tienen
un carácter especial en ciudades como Río de Janeiro y Salvador de Bahía.
También es patrona del puerto de La Habana. Desde hace unos veinte años de modo
abierto, en Montevideo, la noche del 2
de febrero se le ofrecen variedad de objetos entre los cuales predominan los
claveles blancos y los grandes trozos de sandía. Estas ofrendas se colocan en
pequeños botes que se lanzan al mar, cada uno con una vela encendida. Así el
festejo en torno a la Gran
Madre acuática deja
las playas de Malvín y Ramírez festoneadas de luz.
La sirena en la
narrativa uruguaya
Tradicionalmente, se ha
hecho de la sirena la imagen de los peligros de la navegación marítima. Si se compara la vida con un viaje, la
sirena representa las emboscadas y espejismos que nacen del deseo. Por surgir
de elementos indeterminados como aire y agua, puede verse en ella una invención
del inconsciente, sueño fascinante donde se dibujan las pulsiones secretas del
hombre, incluida la imagen de su muerte.
Por influencia de la
cultura egipcia, que representa el alma de los difuntos en forma de pájaro con
cabeza humana, se ha considerado a la sirena como representación del alma de
un difunto que ha errado su destino.
Así, aunque se acostumbre a verla como divinidad infernal, se transforma en
deidad del más allá, capaz de encantar
con su música a quienes alcanzan las islas Afortunadas.
La palabra inglesa para
sirena es mermaid que, literalmente
significa Virgen del Mar. Asì, la sirena
sería una manifestación de Minne, Mari o Marina, divinidad que preside las
almas de los navegantes.
Si consideramos la
clásica novela Los fuegos de San Telmo a
la luz de esta descripción, la misma adquiere un especial significado. Los fuegos de San Telmo narra la
historia de un viajero uruguayo que ha atravesado el océano a la búsqueda de
signos que le permitan encontrase con el alma de un antepasado navegante. El
viaje conduce de Montevideo a Nápoles, donde ese viajero se asoma a las
profundidades del lago Averno, puerta del país de los muertos. Sigue así los
pasos de Eneas, quien busca la sombra de su padre Anquises. Del mismo modo, en
el Canto de la Odisea,
otro navegante ilustre, Odiseo, buscó la de su madre Hécuba en las
profundidades del mar.
El viajero uruguayo
desciende por la península italiana atravesando
el río Mingardo y bordeando el cabo Palinuro. Desciende por la península italiana
atravesando el río Mingardo y bordeando
el cabo Palinuro. Cada nombre sugiere un mito. Palinuro es el piloto de Eneas
quién, vencido por el dios del sueño, cayó al mar y fue arrojado ala costa
italiana, donde murió. Al visitar la
morada de los muertos, Eneas lo encuentra en su camino. Finalmente, llega al
lugar que debía propiciar el encuentro con el alma querida: un pueblo que se
llama Marina. Marina es el nombre de la divinidad que guarda las almas de los
navegantes. Pero Marina es, también, una sirena. En ese pueblo, sólo se
encuentran signos del ser querido (su casa y su parra, la plaza que atravesaba
cotidianamente). El viajero comprende que, movido por el deseo, ha emprendido
un largo viaje inútil. Aunque desciende hasta la playa que rodea Marina y que
se llama spiaggia delle Sirene, no
encuentra allí el alma del ser querido: sólo
se oía el rumor de los pasos sobre la grava del camino. Finalmente, llega
al lugar que debía propiciar el encuentro con el alma querida: un pueblo que se
llama Marina. Marina es el nombre de la divinidad que guarda las almas de los
navegantes. Pero Marina es, también, una sirena. En ese pueblo, sólo se
encuentran signos del ser querido (su casa y su parra, la plaza que atravesaba
cotidianamente). El viajero comprende que, movido por el deseo, ha emprendido
un largo viaje inútil. Aunque desciende hasta la playa que rodea Marina y que
se llama spiaggia delle Sirene, no
encuentra allí el alma del ser querido: sólo
se oía el rumor de los pasos sobre la grava del camino.
¿O acaso el carácter de
Marina estriba en una cualidad más profunda y verdadera que la de tender una
trampa al deseo? Tal vez su condición sirenaica radica en propiciar el espacio
para el relato, la escritura, la novela. Como lugar que permite la invención y
la creatividad, Marina se transforma en puerta que conduce a la Isla de los Afortunados.
Bibliografía
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Press
Biografía
Hilia Moreira es Doctora en Semiología por la Facultad de Ciencias de
París VII y Licenciada en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República del Uruguay.
Es autora de varios libros de semiótica género y estudios culturales. Por
ejemplo, Antes de Asco. Excremento entre Naturaleza
y Cultura, Premio al Ensayo Filosófico, Ministerio de Educación y Cultura,
Uruguay; Caricias entre la cultura y la violencia (2001). Ha publicado
artículos en revistas académicas en Francia, Italia, Austria, Venezuela y
México. Desde 1984 ha
ocupado cargos universitarios en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de
California, Los Angeles, y en las Escuelas de Comunicación de la Universidad de la Repùblica, Universidad
Católica del Uruguay y Universidad ORT del Uruguay.